viernes, abril 25, 2008

Contrariamente a los occidentales que se esfuerzan por eliminar radicalmente todo lo que sea suciedad, los extremo orientales la conservan valiosamente, tal cual y para convertirla en un ingrediente de lo bello. Es un pretexto, me dirán ustedes, y lo admito, pero no es menos cierto que nos gustan los colores y el lustre de un objeto manchado de grasa, de hollín o por efecto de la intemperie, o que parece estarlo, y que vivir en un edificio o con utensilios que posean esa cualidad, curiosamente nos apacigua el corazón y nos tranquiliza los nervios.

Tanizaki, Elogio de la sombra.

3 comentarios:

jorgehue dijo...

"De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia de cielo".

De regreso, me preguntaba por qué me atrajo tanta belleza en ese comienzo de la novela.
Cada palabra que pronunciamos debe tener alguna ignota conexión con nuestra biografía. E, indudablemente, el río me reveló la infinitud, desde muy pequeño.

(no es un comment ni sé por qué lo escribo acá; tal vez sólo porque tu blog me sigue pareciendo generoso)

flor dijo...

che, ese libro se consigue?

Anónimo dijo...

yo no sé de costumbres orientales, no demasisado al menos. pero puedo decir q tengo unas termitas en casa q se están devorando mis muebles. nunca hice nada contra ellas, no sé porqué. será q las veo/pienso como laburantes y contra lxs laburantes nunca. no sé.
el hecho es q, cuando el silencio se mece, impasible, suelo escucharlas: cric, cric, cric, dale q dale, siempre monótonas.


salud y alegría.

G.-